Nos juntábamos todos los días después de que sucedió. Lo extraño es que ni siquiera lo conocían. Íbamos a la hora de la cena, a la casa de Hortencia, pero esta casa era mucho más grande a como la recordaba. Habían por lo menos siete habitaciones, y en cada una de ellas guardaban un cuerpo de él, que sólo sacaban de su aposento a la hora en que llegábamos; siempre con la ilusión de verlo(s) en la mesa de nuevo, contando alguna de sus historias de juventud.
Como todas las ocasiones anteriores, esa tarde-noche, terminó sin novedad alguna, por lo que volvimos a nuestra casa, tranquilamente. Pero al momento en el que volvimos, noté algo distinto; alguien había estado haciendo espacio en mi dormitorio. Lo supe de inmediato, compartiría mi habitación con mis siete tatas. Era extraño pero en aquel momento no me pregunté el porqué; debe haber sido por el aire que se respiraba, tenía su aroma.
Después de un rato, me entretuve conversando con su hijo, era muy agradable, nos reímos por todo, era como si nos hubiésemos conocido de siempre, además que nos parecíamos tanto. Él después de un rato, me preguntó si yo seguía trabajando, a lo que le respondí que ya me había retirado, a consecuencia de lo que había pasado. En cada momento me acordaba de su rostro, y unas ganas incontenibles de romper en llanto, me hacían un nudo en la garganta, lo que me impedía salir a la calle siquiera, si no quería que me notasen los ojos vidriosos.
Se nos pasó la noche volando, conversando y recordando situaciones que no vivimos. Prácticamente no nos dimos cuenta cuando las copas de los árboles recobraron su color diurno, y eso era señal que me tenía que ir. Rápidamente me preparé, y tenía que partir rumbo al colegio, al colegio de mi infancia y juventud, que alguna vez supuse que no volvería entrar otra vez, por lo menos no con ese uniforme. Precisamente eso no fue lo que ocurrió. Una vez más yo estaba disfrazado con esos pantalones grises, la camisa blanca y la típica corbata tricolor. Tomé mi antigua mochila escolar, y me fui caminando por lo que me tardé no más de 6 ó 7 minutos en llegar a mi viejo destino. Finalmente llegué, y todo estaba exactamente igual que cuando me fui. De cierta manera era comprensible que los pupitres, los profesores o incluso parte del alumnado sean los mismos, pero que yo haya tenido los mismos compañeros de curso, era muy extraño por decir lo menos, pero a esas alturas, daba lo mismo ya. Estuve presente en una clase de geometría, y luego me fui, pero en la salida, había un automóvil oscuro, con pétalos de flores en su techo. Al lado de la carroza, habían dos amigas llorando, de alguna manera, entendí que su padre había fallecido. Visto eso, no esperé ni un segundo más, y corrí a mi casa de vuelta. Había sucedido.
Como todas las ocasiones anteriores, esa tarde-noche, terminó sin novedad alguna, por lo que volvimos a nuestra casa, tranquilamente. Pero al momento en el que volvimos, noté algo distinto; alguien había estado haciendo espacio en mi dormitorio. Lo supe de inmediato, compartiría mi habitación con mis siete tatas. Era extraño pero en aquel momento no me pregunté el porqué; debe haber sido por el aire que se respiraba, tenía su aroma.Después de un rato, me entretuve conversando con su hijo, era muy agradable, nos reímos por todo, era como si nos hubiésemos conocido de siempre, además que nos parecíamos tanto. Él después de un rato, me preguntó si yo seguía trabajando, a lo que le respondí que ya me había retirado, a consecuencia de lo que había pasado. En cada momento me acordaba de su rostro, y unas ganas incontenibles de romper en llanto, me hacían un nudo en la garganta, lo que me impedía salir a la calle siquiera, si no quería que me notasen los ojos vidriosos.
Se nos pasó la noche volando, conversando y recordando situaciones que no vivimos. Prácticamente no nos dimos cuenta cuando las copas de los árboles recobraron su color diurno, y eso era señal que me tenía que ir. Rápidamente me preparé, y tenía que partir rumbo al colegio, al colegio de mi infancia y juventud, que alguna vez supuse que no volvería entrar otra vez, por lo menos no con ese uniforme. Precisamente eso no fue lo que ocurrió. Una vez más yo estaba disfrazado con esos pantalones grises, la camisa blanca y la típica corbata tricolor. Tomé mi antigua mochila escolar, y me fui caminando por lo que me tardé no más de 6 ó 7 minutos en llegar a mi viejo destino. Finalmente llegué, y todo estaba exactamente igual que cuando me fui. De cierta manera era comprensible que los pupitres, los profesores o incluso parte del alumnado sean los mismos, pero que yo haya tenido los mismos compañeros de curso, era muy extraño por decir lo menos, pero a esas alturas, daba lo mismo ya. Estuve presente en una clase de geometría, y luego me fui, pero en la salida, había un automóvil oscuro, con pétalos de flores en su techo. Al lado de la carroza, habían dos amigas llorando, de alguna manera, entendí que su padre había fallecido. Visto eso, no esperé ni un segundo más, y corrí a mi casa de vuelta. Había sucedido.




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